Una gota de agua

Una gota de agua

Cuento amerindio de la Amazonia

Hace muchísimo tiempo, en una tierra lejana, se extendía una exuberante selva atravesada por un largo río. En sus orillas se concentraban grandes garzas blancas, acechadas por unos cocodrilos voraces. En los árboles gigantescos, cubiertos de orquídeas de colores delicados, convivían pájaros y monos. El frondoso suelo ocultaba insectos y serpientes, así como manadas de tapires y pecaríes. El jaguar, siempre presto a devorar sus presas, reinaba como dueño y señor en aquella jungla con fama de inaccesible.

No obstante, un día, unos hombres remontaron el curso del río en piragua y descubrieron aquella región perdida. La caza era abundante y en la superficie de sus aguas bullían ingentes cantidades de peces. Los hombres se dieron cuenta de que en aquel lugar podrían vivir de la caza y de la pesca, y decidieron instalarse. Empezaron a quemar árboles para abrir calveros, y en ellos establecieron su campamento. Luego empezaron a construir chozas para albergarse.

Entonces, los huevos empezaron a caer de los nidos disimulados entre las ramas de los árboles. Los crujidos que hacían los bosques al incendiarse asustaron a los loros que huyeron volando, imitados por los monos aulladores que parecían invitar a todo el reino animal a desconfiar de los hombres. Estos, naturalmente, sabían tender trampas y disparar flechas. Muchos animales perecieron, víctimas de las habilidades de los cazadores.

Sin embargo, poco a poco, los animales supervivientes aprendieron a guardarse de aquellos nuevos depredadores. Las boas y las anacondas se escondían rápidamente entre los helechos arborescentes; al menor ruido, la aves huían y también los reptiles y roedores. Todos esperaban la noche para cazar y también para saciar su sed en el río.

En la aldea de las chozas, se organizaba la vida. Por la noche, hombres, mujeres y niños se reunían alrededor de grandes hogueras en las que cocían sus alimentos. También empezaron a cultivar la tierra, fértil gracias al grueso mantillo del bosque. Pero para hacerlo tuvieron que abrir nuevos calveros quemando sin distinción los bambúes, los majestuosos heveas y las caobas de corteza roja. Pronto, en aquellas tierras fertilizadas por las cenizas de los bosques, aprendieron a cultivar el maíz y la mandioca. Sin embargo, un día, empezó a soplar un viento muy violento. Una hoguera mal apagada por los hombres arrasó el bosque. Apenas tuvieron tiempo de saltar a sus piraguas y, mientras ellos escapaban, los animales, asustados, se refugiaron en un estrecho banco de arena que bordeaba el río. Impotentes, contemplaban el incendio que se propagaba de árbol en árbol y amenazaba con arrasar el bosque entero. Las llamas se elevaban hasta el cielo, donde se mezclaba con gigantescas columnas de humo negro. ¿Cómo poner fin a aquel desastre? Todos temblaban de miedo, incluso el jaguar que, por una vez, desdeñaba las presas fáciles que tenía a su alcance. Los monos araña saltaban, agitando sus inmensos brazos, interpelando a sus vecinos, que temblaban como hojas agitadas por el viento, repitiendo desesperadamente:

-Tenemos que hacer algo… Si nuestro bosque desaparece, estamos condenados a desaparecer, y nosotros también… pero ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer?

Los pequeños roedores se apretaban unos contra otros dejando escapar gemidos quejumbrosos. Alarmados, los pájaros piaban:

-No podemos hacer nada, estamos perdidos…

En medio de aquella agitación, un minúsculo colibrí no cesaba de ir y venir del río al bosque en llamas. Los animales, intrigados, se pusieron a observarlo. En cada uno de sus viajes, tomaba una gota de agua en su afilado pico e iba a echarla sobre la llama.

-¡Ya lo entiendo! – dijo de pronto el armadillo-.¡El colibrí transporta agua para apagar el incendio!

Y todas las bestias se echaron a reír burlándose del pájaro que consideraban ridículo.

El mono aullador soltó:

-¡Serás idiota! ¡No creerás que sofocarás este gigantesco incendio con tus miserables gotas de agua!

-¡Por supuesto que no! -respondió el colibrí-, pero yo por lo menos hago algo.

Y a continuación reemprendió valientemente su trabajo.

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Cuentos de la madre tierra

Rolande Causse

Nane y Jean-Lue Vézinet

 

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